Este caramelito en la isla de Gozo, además de ser difícil de pronunciar, es toda una sorpresa. Porque, encima de una pequeña bahía muy bien habitada por caleidoscópicas embarcaciones aparece una población lucida y presumida. Aquí cada casa está bien rematada y tiene brillo propio gracias a las combinaciones de colores de sus fachadas. A este frente civil a nivel del mar hay que sumarle la icónica iglesia parroquial, de un estilo neogótico que gusta a los ateos y que evangeliza en este idílico paisaje.
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